MORADORES FELPUDOS*
…más remoto que el Ganges y el poniente,
tuya es la soledad, tuyo el secreto.
J.L. Borges
Paloma Pérez Sastre (profesora Facultad de Medicina, Universidad de Antioquia)*
Los 120.000 gatos, cuidadosamente censados, que se pasean orondos por las ruinas y por toda la ciudad de Roma, han sido declarados bienes protegidos; es decir, monumentos, sí, algo así como monumentos “bioecológicos”, tanto simbolizan para la ciudad. Porque, ¿cómo imaginar Roma sin sus gatos omnipresentes? No en vano dijo la escritora canadiense L.M. Montgomery: “Los gatos exigen adoración. Nunca han superado la costumbre de ser dioses en Bubastis ”.
Otros 573 mininos se pasean entre anaqueles y duermen sobre libros en las bibliotecas del mundo. En las de Estados Unidos hay 190, cifra que incluye 32 residentes eternos (22 estatuas, 5 gatos virtuales, 2 leones, un tigre siberiano y un guepardo disecados, y un gato fantasma). El Reino Unido cuenta con 43 gatos bibliófilos; y el resto de Europa, 13. Un mapa señala la ubicación de las bibliotecas con su email y las fotos de cada uno de sus exquisitos moradores bigotudos.
Universitarios los hay hasta en Cambridge. En la portada del sitio web de New Hall, aparece la noticia de la muerte de Sam, al que el día anterior habían encontrado debajo de la higuera del jardín. Considerado miembro prominente de la institución, todos sintieron su pérdida, menos las ardillas, que descansaron.
Dicen que los chinos ven la hora en los ojos de los gatos, y hay quien afirma que todo el conocimiento está en ellos. Saben de fascinación y de misterio; son promesa de un saber que se sustrae; señuelo y huella; pregunta y horizonte. Tal vez por eso buscan las universidades, los libros y a quienes los hacen, autores y editores. Que “un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo”, ha quedado demostrado. Célebres han sido los de Borges, Beppo y Odín. Así como Theodoro W. Adorno de Cortazar; Offenbach de Cabrera Infante y Sara de Colette. Se sabe también que Octavio Paz tenía 40, y que fueron llamados por Neruda “mínimo tigre de salón”; “tigre de Liliput”, por Rodó; y "gente de la uña", por Quevedo.
28 de estas “gentes” indescifrables y sigilosas conviven con estudiantes, empleados y profesores en la ciudadela de la Universidad de Antioquia. Amarillos y grises, barcinos y atigrados, blancos y negros, se los ve al sol; ya gravemente sentados, ya tendidos en envidiable e indolente placidez. Algunos llegaron para quedarse y ser leyenda; otros encuentran casa; y unos pocos, con menos suerte, mueren atropellados en la circunvalar. Los hay también que van y vienen, como Pandillera, que alterna su residencia en la academia con el vecino parque de diversiones.
Nos miran maliciosos con ojos puros entre las plantas, las mesas de las cafeterías y las esculturas sanagustinianas. Reyes displicentes de bloques, laboratorios y jardines. Dueños hasta de las personas, que quedan engatuzadas después de una suerte de iniciación de la que nadie que haya sido tocado escapa. Tanto así que, con respeto egipcio, una legión de protectores anónimos y silenciosos alimenta y acaricia, día a día, uno a uno, esos héroes de cuento maravilloso, pequeños guerreros vencedores de un trozo de territorio, reñido en a veces sangrientos torneos con los perros, con los que comparten su condición de abandonados.
Pacha, la gata búdica, controla la Editorial desde la puerta. Minina Piscina es una romana hermosa por cuyos señoríos se pasean torsos y curvas bronceados. En Artes nacieron Pincel y Domisol; Mito y Condria, en Biología; Aiteví y Portivengo, en Química. Pero el más grande, el más tierno, el más seductor, el mayor acaparador de poder y hacienda es Samurai. El nombre le vino por metonimia de su pareja, Japonesa. Su imperio empieza en la rectoría, pasa por la plazoleta y se extiende hasta la obra de la nueva Facultad de Ingeniería, cuya muy respetable arquitecta le cede un sillón a la princesa nipona en su oficina.
¿Quién bautiza los gatos de la universidad? Todos los nombres son alias de un solo gato, el que duerme en nuestra mesa, nos observa, nos lee y nos dicta. Ese que en silencio nos toca con la mano del maestro que transforma a los aprendices en iniciados.
Los 120.000 gatos, cuidadosamente censados, que se pasean orondos por las ruinas y por toda la ciudad de Roma, han sido declarados bienes protegidos; es decir, monumentos, sí, algo así como monumentos “bioecológicos”, tanto simbolizan para la ciudad. Porque, ¿cómo imaginar Roma sin sus gatos omnipresentes? No en vano dijo la escritora canadiense L.M. Montgomery: “Los gatos exigen adoración. Nunca han superado la costumbre de ser dioses en Bubastis ”.
Otros 573 mininos se pasean entre anaqueles y duermen sobre libros en las bibliotecas del mundo. En las de Estados Unidos hay 190, cifra que incluye 32 residentes eternos (22 estatuas, 5 gatos virtuales, 2 leones, un tigre siberiano y un guepardo disecados, y un gato fantasma). El Reino Unido cuenta con 43 gatos bibliófilos; y el resto de Europa, 13. Un mapa señala la ubicación de las bibliotecas con su email y las fotos de cada uno de sus exquisitos moradores bigotudos.
Universitarios los hay hasta en Cambridge. En la portada del sitio web de New Hall, aparece la noticia de la muerte de Sam, al que el día anterior habían encontrado debajo de la higuera del jardín. Considerado miembro prominente de la institución, todos sintieron su pérdida, menos las ardillas, que descansaron.
Dicen que los chinos ven la hora en los ojos de los gatos, y hay quien afirma que todo el conocimiento está en ellos. Saben de fascinación y de misterio; son promesa de un saber que se sustrae; señuelo y huella; pregunta y horizonte. Tal vez por eso buscan las universidades, los libros y a quienes los hacen, autores y editores. Que “un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo”, ha quedado demostrado. Célebres han sido los de Borges, Beppo y Odín. Así como Theodoro W. Adorno de Cortazar; Offenbach de Cabrera Infante y Sara de Colette. Se sabe también que Octavio Paz tenía 40, y que fueron llamados por Neruda “mínimo tigre de salón”; “tigre de Liliput”, por Rodó; y "gente de la uña", por Quevedo.
28 de estas “gentes” indescifrables y sigilosas conviven con estudiantes, empleados y profesores en la ciudadela de la Universidad de Antioquia. Amarillos y grises, barcinos y atigrados, blancos y negros, se los ve al sol; ya gravemente sentados, ya tendidos en envidiable e indolente placidez. Algunos llegaron para quedarse y ser leyenda; otros encuentran casa; y unos pocos, con menos suerte, mueren atropellados en la circunvalar. Los hay también que van y vienen, como Pandillera, que alterna su residencia en la academia con el vecino parque de diversiones.
Nos miran maliciosos con ojos puros entre las plantas, las mesas de las cafeterías y las esculturas sanagustinianas. Reyes displicentes de bloques, laboratorios y jardines. Dueños hasta de las personas, que quedan engatuzadas después de una suerte de iniciación de la que nadie que haya sido tocado escapa. Tanto así que, con respeto egipcio, una legión de protectores anónimos y silenciosos alimenta y acaricia, día a día, uno a uno, esos héroes de cuento maravilloso, pequeños guerreros vencedores de un trozo de territorio, reñido en a veces sangrientos torneos con los perros, con los que comparten su condición de abandonados.
Pacha, la gata búdica, controla la Editorial desde la puerta. Minina Piscina es una romana hermosa por cuyos señoríos se pasean torsos y curvas bronceados. En Artes nacieron Pincel y Domisol; Mito y Condria, en Biología; Aiteví y Portivengo, en Química. Pero el más grande, el más tierno, el más seductor, el mayor acaparador de poder y hacienda es Samurai. El nombre le vino por metonimia de su pareja, Japonesa. Su imperio empieza en la rectoría, pasa por la plazoleta y se extiende hasta la obra de la nueva Facultad de Ingeniería, cuya muy respetable arquitecta le cede un sillón a la princesa nipona en su oficina.
¿Quién bautiza los gatos de la universidad? Todos los nombres son alias de un solo gato, el que duerme en nuestra mesa, nos observa, nos lee y nos dicta. Ese que en silencio nos toca con la mano del maestro que transforma a los aprendices en iniciados.
*Este artículo fue redactado por Paloma Pérez Sastre hace algunos años, cuando habitaban en la ciudadela universitaria los gatos que ella menciona.
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